El negro del negro del blues


 

Entre el Génesis y el Apocalipsis no han ocurrido tantas cosas notables que merezcan la pena ser contadas. La humanidad ha tenido que sobreactuar demasiado para llegar hasta aquí con algunos episodios que puedan ser recordados: alzar la torre de Babel, a la que tanto debemos los filólogos, curar algunas enfermedades, levantar y tumbar algunos imperios, inventar dioses para discutir sobre ellos, hollar la Luna, divulgar la bondad del vino o dibujar en el traste de una guitarra las tres notas del blues. Seguramente me olvido de algo. Poco más. La laguna Estigia está llena de recuerdos que no merecieron la pena.

De cuando en cuando, sin embargo, cada cual somos testigos de escenas que las generaciones no alcanzarán a valorar con la importancia que deben y, por lo tanto, introducirlas en las sagradas escrituras de los tiempos; se quedan en el campo yermo de la leyenda, como un fantasma que recorre la memoria sin acabar de encontrar el lugar que le corresponde en los hechos bíblicos.

Hace unos años, cuando todavía estaba por ver si la fortuna me permitiría atisbar algo que mereciera la pena de mi paso azaroso por este mundo, fui partícipe de un aquelarre veraniego donde ardieron algunas intimidades de la juventud entre los árboles oscuros y la luz selenita de un prado abierto al cielo nocturno. Corrió el alcohol y la risa a raudales, hasta que el lucero del alba dictó la rendición. Opinaba Luis, arrimando leña y embriagado de palabras cuando aún el sol sacudía, que aquella iba a ser una noche inolvidable; pero a la vuelta de la batalla y la destrucción de las sombras, cegado por la mañana y abrazado a su mentón, se preguntaba qué había pasado, porque no recordaba nada de la noche inolvidable. Lo cual quiere decir que estuvo allí, evidentemente, para darle brillo a la paradoja.

 

Volvió a ocurrir treinta años después. La historia se repite, no como tragedia ni comedia, sino como blues. Tardó treinta años en producirse la noche inolvidable  que los libros sagrados apócrifos habrán de verter en versículos rimados. Fue que un negro alto como un poste de luz, elegante en su traje de empleado de funeraria sureña con lazo y sombrero tejano se sentó en una silla sobre el escenario de La Alquitara y con una serenidad de atardecer, meciéndose en el porche de casa, se puso a cantar blues con una voz de serrucho que le había afanado a Howlin’ Wolf de tanto mirarse en su espejo. Todo era lento como un ocaso. Apenas los escogidos del momento marcábamos el ritmo con la punta del pie y balanceábamos la cabeza a un lado o a otro, esquivando el serrucho. En esto, mediado el cántico espiritual, el altísimo negro oteó entre el público, supongo que buscando un martillo que remachara lo que su serrucho venía haciendo y con el dedo, también larguísimo, señaló a Luis, apoyado a lo suyo contra la pared y ajeno a que las trompetas de Jericó estaban a punto de tronar. No hubo vuelta atrás, el negro no se desdecía, seguía con su dedo señalando como la aguja de una brújula: quería a Luis junto a él en el escenario y para demostrarlo se quitó el sombrero y mostró la razón: ambos eran mellizos de calvicie lironda. Parecía un designio.

Luis había cultivado años atrás un epigrama que decía que si le rascabas un poco la piel se podía comprobar que era negro. Le había llegado el momento de ser desollado para comprobarlo. Los músicos se arrancaron y el negro enorme se abrazó a Luis, para que ambas cabezas brillaran bajo la luz rojiza del infierno de los focos. El negro cantaba lo suyo, seis versículos que raspaban el micro cuando salían, para arrimárselo luego a Luis, con una sonrisa fáustica en la que refulgía un diente de oro, que sin embargo había entendido el mensaje cifrado del enemigo vocal y debía teclear con los dientes la petición de rescate. Pero nada de sacadme de aquí fue lo que de su boca brotó como una llamarada. Muy al contrario, salió el negro que, ahora a todas luces, llevaba dentro y devolvió cada pelotazo con un scat prodigioso, a falta de mejor letra, que parecía el aullido del mismísimo Howlin’ Wolf. No se cortó un pelo, nunca mejor dicho para la ocasión, que la pintaban calva. No se amilanó, el cabrón. Era negro. Ganas me dieron de saltar sobre él para rascarle bien, pero no hizo falta. Estaba claro: era negro. Aguantó la pelea sin un aspaviento, sin un paso atrás, devolviendo cada serruchazo con un martillazo, como si llevara toda la vida escondido en la fragua de Vulcano tarareando penas mientras sudaba el hierro fundido. Aguantó lo que le echó el negro hermano durante la refriega blusera, sin tambalearse. Era negro, el cabrón.

Fue una noche inolvidable. Como aquella otra a la luz de la Luna. Digna de mención entre el Génesis y el Apocalipsis.

 

Al socaire del vigésimo aniversario de que comenzáramos a subir al monte del Castañar a concelebrar el paso del Mississippi guiados por Robert Johnson abriendo las aguas en dos para que pasara el pueblo fibber, de garito en garito se ha corrido el rumor de que en el Festival Internacional de Blues de Castilla y León en Béjar está prevista la participación fuera de cartel de Carlos Gardel para versionear en tonalidad blues que es un soplo la vida, que veinte años no son nada, que febril la mirada errante en las sombras te busca y te nombra con el alma aferrada a un dulce recuerdo. Que no será otro que el de la noche en la que Luis, apoyado en la pared, a lo suyo, se convirtió en el negro del negro del blues. Puede que el serrucho y el martillo vuelvan a combatir en un duelo de scats bajo la noche estrellada de julio de la plaza de toros. Con Gardel de heraldo, anunciándolo con el sombrero ladeao.

Sería la Apoteosis.

Texto :JASP
Fotos: Ruben Martín