Desde que el Señor Zanahoria había sustituido en el trono a la Reina de Corazones y seguía condenando a muerte como si tal cosa a todo el que le hiciera la más mínima ofensa, al grito de “¡que le corten la cabeza!” o “¡que desaparezca de la faz de la Tierra!”, Alicia no se atrevía a asomar la nariz en aquella madriguera del Conejo Blanco en la que estaba acogida en las entrañas del monte bejarano, porque afuera había un mundo de absurdos y paradojas donde nadie osaba pestañear, no ocurriera que la convirtieran no en princesa con un zapatito de cristal, sino en ceniza humeante. Eran malos tiempos para la lírica en aquel momento. Para la lírica, para la épica y hasta para la epopeya. Solo valía la prosa farragosa y sermonaria. Los más audaces, apenas se aventuraban a pergeñar un haiku o un Bansky en la pared. De entre ellos, sin embargo, nadie como los héroes irredentos de la guitarra o el micrófono, que se lanzaban, indiferentes y atrevidos, a desparramar un blues cayera lo que cayera sobre sus cocorotas, altivas todavía sobre sus cuellos. Algunos habían perdido reservas y aviones, conexiones y hoteles, habían cruzado el charco a nado o incluso a pie, pero ya podía caer fulminado el planeta que ellos no iban a dejar de subirse al escenario de la plaza de toros de Béjar y poner contento el corazón de los fibbers venidos de todas partes a este templo musical oculto en las frondas del Castañar, refugio numantino de bluseros, así se les viniera encima un enjambre de drones con ojos de lechuza: no pasarán. De modo que el Sombrerero Loco, el Lacayo Pez, la Duquesa, la Liebre de Marzo, el Gato de Cheshire, la Falsa Tortuga, el Dodo y todos los demás de la tropa de Alicia estaban posados en las gradas ocupando sus sitios, como una hilera de palomas dispuestas a echar a volar al primer cañonazo. Abajo, en el acuario de arena, se movían de acá para allá peces de colores variopintos, con una cervecita en la mano, mirando al cielo nocturno de reojo, por si lo nublaba el enjambre de drones tal vez camuflados como inocentes gorriones entre los castaños. Un mes después se sabía que la luna se iba a plantar en jarras delante del sol en pleno día y durante un rato lo iba a oscurecer todo. Eso, claro, si es que al Señor Zanahoria no se le ponía en la punta del dedo también liarse a tiros contra el universo como un Saza vestido de capitán de la Guardia Civil: “¡Esto es un sindiós!”. Para entonces, en todo caso, los fibbers tenían claro que el cosmos entero se podía ir al carajo sin mayor problema, porque el Festival Internacional de Blues de Castilla y León en la plaza de toros del Castañar les había dejado con la misma sonrisa que a Antonio Resines y Luis Ciges en la moto con sidecar y el dichoso eclipse no había sido otra cosa más que un tardío efecto especial de los muchos que el blues provoca: el bailoteo de los astros y la felicidad plena e infinita.